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«¿Para quién se hace conservación?», pregunta Gabriel Quijandría, director regional para Sudamérica de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), al iniciar la octava sesión de la Fondo Verde Academy. «Se hace para las personas ―afirma de modo categórico―, porque nosotros somos el eslabón débil en la relación entre la naturaleza y el ser humano».
Diez años atrás, el Congreso Mundial de la Naturaleza adoptó un marco definitorio sobre las ‘soluciones basadas en la naturaleza’, a las que definió como «acciones dirigidas a proteger, gestionar y restaurar de manera sostenible ecosistemas naturales o modificados, que hacen frente a retos de la sociedad de forma efectiva y adaptable, proporcionando simultáneamente bienestar humano y beneficios de la biodiversidad».
«Las soluciones basadas en la naturaleza ―conocidas como SbN― empiezan a tener un espacio mucho más fuerte en la discusión moderna sobre conservación», sostiene Quijandría, sociólogo, porque intentan resolver un interrogante clave en el tiempo presente: «¿En qué medida podemos aprovechar el poder de la naturaleza para resolver problemas de bienestar humano?».
El tema de la adopción de las SbN en la región fue el elegido para una nueva sesión de trabajo en la que seis expertos en medio ambiente y sostenibilidad apadrinados por Fondo Verde discurren durante dos horas sobre alguno de los asuntos más urgentes y relevantes que desafían ambientalmente a Latinoamérica.
«Este espacio surge en la región donde la naturaleza tiene un poder absolutamente evidente en términos de capacidad para moldear el bienestar de las personas», explica Quijandría, expositor principal del evento, acompañado de un panel de especialistas en Desarrollo Organizacional para la Sostenibilidad, Gobernanza y Cambio Climático, Ciudades Sostenibles, Ciencias Ambientales y Economía Circular y Biomímesis.
Con un triple paso por el sector público peruano, no obstante Quijandría advierte que no cualquier intervención sobre la naturaleza puede considerarse una solución basada en ella. «Tiene que tener este componente de generar beneficios o cobeneficios respecto de las condiciones para el bienestar humano. En esa medida, hay un componente humano y un componente social», detalla.
«Si se hace una búsqueda de ‘soluciones basadas en la naturaleza’, van a salir millones de resultados, porque la fuerza que hay detrás es muy poderosa», agrega al remarcar que el concepto de utilizar el «poder de la naturaleza en favor de resolver problemáticas vinculadas al bienestar humano» ha explotado, lo cual, de acuerdo a Google Gemini, se explica con un crecimiento en las consultas de alrededor del 300 % en solo cinco años.
Ahora bien, «¿cómo utilizo el impulso que tiene la naturaleza para solucionar problemas que hemos generado nosotros mismos en esa lógica de entenderla como un rival?», inquiere Quijandría nuevamente. Y las SbN están aquí para permitirles a los seres humanos «reconectar con la naturaleza como un elemento fundamental en el aseguramiento del bienestar, y no como ese obstáculo que hay que superar a través de la ingeniería o de algunas de las ciencias que hemos desarrollado».
Pero el poder del concepto, similar a aquel del que gozó en su momento el de desarrollo sostenible, «tiene el riesgo de vaciarse de contenido, de quedar como un cascarón vacío», argumenta Quijandría, quien también ha ocupado cargos directivos en organizaciones como Conservation Strategy Fund o The Nature Conservancy.
Y es por esto que desde la UICN ya se trabaja en la generación de estándares que permitan determinar cuándo se estaría verdaderamente frente a una SbN.
¿Y cuáles son los retos que quedan por delante? «Las SbN son un tipo de intervención relativamente marginal en una región donde los ecosistemas muestran todos los días su potencia ―comenta al cerrar la presentación del tema a sus pares―; entonces, es desde esta región desde donde debemos impulsarlas a partir de la innovación y del trabajo concreto».
«Hace veinte años el concepto no existía, pero fue la primera vez que me di cuenta de que había que hacer un esfuerzo grande para que la gente relativamente humilde y con conocimiento formal muy bajo entendiera que proteger la naturaleza podría generar una fuente de ingresos», lanza Erick Brenes Mata, experto en Desarrollo Organizacional para la Sostenibilidad.
Habiendo investigado el movimiento antisistémico y documentado los principales efectos socioambientales del ‘desarrollo sostenible’ en Centroamérica, los Andes y el Sudeste Asiático, Brenes Mata agrega: «Resulta muy fácil hablar de SbN con gente que no tiene la naturaleza tan cerca, en una oficina o en una ciudad capital, pero donde puede hacerse la diferencia es en el campo, donde es más difícil que se entienda el concepto».
Durante los últimos cinco años se ha avanzado más que en los primeros veinte, asegura Brenes Mata, doctor en Economía Social por la Universidad de Calabria, quien sin embargo insiste en que aún hace falta mucho desarrollo de capacidades «para que el financiador se sienta seguro de que dando dinero no se va a llevar al traste a la comunidad, y no va a ser más bien un riesgo para el mismo medio que estamos tratando de cuidar».
A su turno, Braulio Buendia Buendia, experto en Gobernanza y Cambio Climático, comenta: «Los problemas que uno encuentra en el día a día son complejos, más aún en este escenario de crisis, de causas adyacentes y subcausas». Para él, el gran salto se producirá cuando los conceptos tradicionales de conservación a ultranza den paso a abordajes concretos de aplicación que pongan al ser humano en el centro.
«Es importante dimensionar qué puede solucionar la naturaleza y qué no ―previene también―, cuáles son los límites, cuándo las soluciones pueden ser peores que los problemas». Ingeniero en Recursos Naturales Renovables, doctor en Proyectos y con un importante paso por instituciones como el Banco Mundial, el BID y el WWF, Buendia Buendia reflexiona: «Decimos que la naturaleza es sabia y cura sus propias heridas. Entonces, ¿hasta dónde requiere la intervención humana?, ¿quién protege a quién?».
Para Buendia Buendia, las comunidades indígenas y campesinas tienen a este respecto aún mucho que enseñarnos.
«Las ciudades han sido siempre diseñadas con una lógica de expansión física, de eficiencia económica, en base a la infraestructura gris», destaca María Teresa Pérez. «Hoy sabemos que ese modelo no es suficiente para responder a los desafíos del cambio climático e incluso a los crecientes problemas de salud mental y desconexión social», dice.
Pérez es experta en Ciudades Sostenibles y doctora ‘cum laude’ en Derecho Ambiental por la Universidad de Estrasburgo. «Las SbN representan uno de los mayores cambios de paradigma del urbanismo contemporáneo», sostiene. Y afirma: «Debemos empezar a hablar de la ciudad holobionte». El concepto, «un poco más rimbombante, quiere decir que la ciudad es un gran organismo vivo y simbiótico».
Las SbN harán de las ciudades «auténticos sistemas metabólicos urbanos», manifiesta con entusiasmo Pérez, designada embajadora por España del Pacto Europeo por el Clima. Ese ‘metabolismo’ de las urbes funcionará gracias a corredores ecológicos que conecten biodiversidad con salud humana, cubiertas vegetales capaces de disminuir el consumo energético o sistemas de drenaje que imiten el ciclo natural del agua.
Tamara López Burgos, consultora sénior con más de diez años de experiencia en la creación e integración de herramientas de ‘design thinking’, ecodiseño, biomímesis y economía circular, apunta: «La pregunta ya no es solo cómo incorporar naturaleza al entorno construido, sino cómo hacer que el entorno construido vuelva a comportarse, al menos en una parte, como un sistema vivo».
De acuerdo a López Burgos, la ‘biomímesis’ puede transformarse en un puente estratégico entre la materialidad y las SbN, entre lo material y la vida. «La biomímesis es una filosofía, una disciplina y una práctica de diseño que aprende de la naturaleza», sostiene la diseñadora industrial chilena, miembro de la Cámara Verde de su país.
«Si uno de los objetivos de las SbN es integrar funciones de la naturaleza en entornos construidos, entonces la biomímesis puede traducir esas funciones en criterios de diseño». La idea que López Burgos describe es comprender el funcionamiento de los ecosistemas para traducirlo en decisiones estratégicas de diseño.
«En nuestras regiones, la biodiversidad se come, la biodiversidad se usa, o sea, es un elemento fundamental en términos de sostener la vida humana. ¿A quién le vamos a cargar la factura por salir de este modelo no sostenible y transicionar hacia uno más verde?», cuestiona Quijandría al retomar la palabra.
Y aquí, concluye, «el rol de los Gobiernos nacionales y subnacionales será fundamental en términos de incorporar esta variable de justicia». Pero quienes impulsan las SbN deben enfrentarse hoy a la falta de números y evidencia concreta que respalde su empleo y un escenario actual en que «nuestros ministerios del ambiente están a la defensiva, teniendo primero que asegurar su supervivencia».
«En nuestra región existe ese legado de conocimiento respecto a las soluciones que el ser humano ha planteado para lidiar con los retos que la naturaleza o el territorio le plantearon. Lo que pasa es que en el entorno moderno no las estamos reconociendo», alerta Quijandría, al frente de la oficina Sur de la UICN desde el mes de agosto de 2021.
El discurso será fundamental para poder «aguantar esta avalancha del discurso antiambiental», cierra Quijandría. «Entonces, lo que hay que hacer es tener victorias tempranas. Hay que mostrar resultados que permitan construir la narrativa de que las SbN funcionan». Aunque quizá con otro nombre o aun sin él, como en los Andes del Perú, estas soluciones se vienen encontrando hace miles de años...

FONDO VERDE una ONGD internacional miembro de IUCN International Union for Conservation of Nature.