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Con un flamante título de maestría en cooperación internacional a cuestas, Erick Brenes Mata se encontraba un día entre indígenas del sur colombiano. «¿Es la globalización un proceso cultural que lleva implícito un proceso económico o es un proceso económico que lleva implícito un proceso cultural?», lo interroga allí uno de los ancianos líderes de la comunidad. «Responder esa pregunta me tomó aproximadamente unos ocho años y una tesis de doctorado»...
La anécdota y la respuesta ofrecida por Brenes Mata, fundador del Laboratorio Mesoamericano del Conocimiento, dio inicio a una sesión de trabajo en la que seis expertos en medio ambiente y sostenibilidad apadrinados por Fondo Verde abordaron a inicios de marzo la cuestión de la descolonización de la ciencia.
Cabe recordar que en este tipo de eventos multidisciplinares de alto nivel ― de los cuales se realizan cuatro cada año― se discute públicamente por espacio de dos horas sobre alguno de los asuntos más urgentes y relevantes que desafían ambientalmente a Latinoamérica.
«La teoría que más revolucionó mi forma de pensar fue la teoría de la descolonización», comenta el especialista costarricense antes de brindar detalles sobre una serie de elementos que permiten mantener el ‘statu quo’, y que la pesquisa científica que desarrolló sobre el tema le permitió descubrir.
Faltaban menos de diez minutos para que el reloj diera la una de la tarde, cuando Brenes Mata inició la enumeración: la división internacional del trabajo, el sistema interestatal global político-militar, las jerarquías étnico-globales y epistémicas, el patriarcado cristiano, y los elementos lingüísticos, espirituales, ecológicos, espaciales y estéticos, entre otros.
Bajo la lógica impuesta por esos elementos, y con una ciencia desarrollada a partir del ‘yo’, unos individuos valen más que otros, los países hegemónicos son los que tienen mayor capacidad destructiva, imperan los modelos ecológicos occidentales, la lógica urbana prima sobre la rural y las formas comunitarias de pensamiento quedan invisibilizadas.
«Más del 90 % de todo lo que se publica académicamente ― remarcó Brenes Mata― , se encuentra prácticamente en solo tres idiomas», el inglés a la cabeza y, muy a la zaga, el alemán o el francés. «¿Será que en quechua o en maya no hay ciencia?», pregunta. «Creo que hay que encontrar el punto medio entre la rigurosidad académica y el empirismo ancestral», afirma rápidamente.
En la actualidad, sostiene Brenes Mata, muchos programas de posgrado de las grandes casas de estudio y universidades del mundo llevan el nombre de una empresa privada. «Eso pone la ciencia al servicio del sistema, la ciencia al servicio del mercado», comenta. La solución: transformar las estructuras universitarias en pluriversitarias.
«Creo que la ciencia nunca es completamente neutral», dice al arrancar el debate la experta en Ciudades Sostenibles María Teresa Pérez; «la ciencia no se produce en el vacío», prosigue. Para Pérez, el problema no es la ciencia en sí, «sino la estructura de poder que decide qué conocimientos se reconocen como científicos».
«El conocimiento de los pueblos ha sido considerado muchas veces como no conocimiento ― agrega la especialista española― ; conocimientos tradicionales y en prácticas locales que durante mucho tiempo han sido invisibilizados por los paradigmas científicos dominantes». Sin embargo, muchos de esos conocimientos ignorados hasta ahora serían claves para el logro de la sostenibilidad.
Según detalla Pérez, el verdadero reto no es la producción de mayor conocimiento, sino el acceso a la pluralidad de saberes o, como asegura: «aprender a escuchar activamente conocimientos que durante mucho tiempo han quedado fuera de la ciencia». Y resalta: «Descolonizar la ciencia no es debilitarla, sino hacerla más rica, inclusiva y eficaz para resolver los grandes desafíos de este siglo».
Pasados los tres cuartos de hora, el debate se enriquece con la aportación de la perspectiva indígena de Agapito Chuctaya Alccamari: «Considero que el debate no debe centrarse únicamente en la descolonización de la ciencia, sino en que se reconozca la epistemología resente en las comunidades, conocimientos históricamente ocultados por la hegemonía occidental».
Chuctaya Alccamari, quechua y experto en Sistemas de Conocimiento Andinos, subraya el rol central de las comunidades en la supervivencia durante siglos de los saberes tradicionales, en particular de una forma de organización que estructura la vida social y el intercambio de los conocimientos basada en la reciprocidad, el trabajo comunitario y el servicio colectivo.
Frente a la actual crisis ambiental, la integración de esos conocimientos no resulta solo una cuestión de justicia epistemológica, sino fundamentalmente «una necesidad para construir un futuro sostenible común», advierte Chuctaya Alccamari.
«Es fundamental poner en valor conocimientos que han permitido la supervivencia de las comunidades en entornos ecológicos complejos», manifiesta al considerar la primera de tres ideas que ofrece a modo de reflexión final. Las otras dos: reconocer a la comunidad como un verdadero repositorio del conocimiento y establecer un diálogo real entre la ciencia occidental y los saberes locales.
«La descolonización de la ciencia no rechaza el método científico, sino que intenta ampliar sus bases culturales, éticas y sociales», expresa a su turno la mexicana Hilda Romero Zepeda, coincidiendo con sus pares. En su país, la República Mexicana, con un ecúmene de ciento treinta millones de habitantes, más del veinte porciento de su población es originaria y habla 364 variantes de 68 lenguas.
En palabras de Romero Zepeda, experta en Desarrollo Social Sostenible de Grupos Vulnerables y Medio Ambiente, las estrategias que se proponen para descolonizar la ciencia pasan por «promover una epistemología de saberes donde cada cultura pueda aportar conocimiento, y, sobre todo, mitigar el racismo epistemológico y la discriminación social de una forma global».
Ahora bien, el éxito de esas estrategias se encontrará en aquellos procesos en los que «se logre integrar saberes locales y corregir asimetrías históricas sin perder el rigor científico, sin sustituir de ninguna forma la ciencia moderna, ampliando sus marcos de referencia, generando mayor legitimidad social y produciendo resultados prácticos más adecuados».
Con el cronógrafo marcando la hora y veinte minutos se escucha una nueva intervención: «La descolonización, con el significado original de este vocablo, es una utopía». En los altavoces se escucha a Juan Silva Armas, experto en Ciencias Ambientales. «Creo que la sociedad humana ha ido de imperio en imperio y de conquistadores en conquistadores desde que existimos», remata.
«¿Quiere decir que todo está perdido?» Dando a entender que no es ese el mensaje a transmitir, Silva Armas sugiere que la salida es una especie de hibridación epistémica, esto es, «adaptar la ciencia que nos impone el imperio a los conocimientos tradicionales en un proceso que favorezca nuestro propio desarrollo».
En ese proceso hibridizador de adaptación, la preparación de recursos humanos para la ciencia es central para el profesor de Ecología chileno, pero no de cualquier tipo, sino una «formación científica impartida por nosotros, para nosotros, con la visión latinoamericana enfocada sobre nuestros problemas, sin que esto signifique, por supuesto, aislarse del resto del mundo».
«La hegemonía científica y tecnológica de Occidente no se sostiene únicamente por el medio intelectual, sino que está subsidiada y resguardada por una superestructura militar que en el fondo reprime cualquier intento por diversificar su matriz cognoscitiva», lanza Marcelo Valenzuela Muñoz, el último especialista en hacer uso de la palabra para dar su
mirada.
Ya entrando en el cuarto final de hora de la sesión, el experto chileno en Cadenas de Suministros Regenerativas, agrega: «Como resultado de esto, los saberes locales, empíricos y comunitarios de nuestras regiones fueron sistemáticamente degradados al estatus de folclore, de anécdota o, más bien, de conocimientos precientíficos»,
Más a continuación, recordando al semiólogo argentino Walter Mignolo, hace una invitación a la desobediencia epistémica, «para tratar de desengancharnos de esta matriz colonial de poder, para dejar de complacer estos estándares de metodología foráneos que al final no resuelven las urgencias territoriales».
Y asumiendo que el mayor riesgo actual de las universidades en América Latina es convertirse en centros de formación de élite, señala que «el imperativo académico de nuestro tiempo es producir una ciencia situada que nazca de las realidades sociolaborales, la soberanía territorial y la necesidad de subsistencia de la periferia».
A solo un par de minutos de cumplirse las dos horas de trabajo, resume Brenes Mata: «Si el concepto de sostenibilidad nos viene impuesto de Occidente, ¿cómo puede ser universal? Y si es universal, ¿cómo puede ser de Occidente?». Y suelta: «Mucha gente piensa que está pensando de forma alternativa dentro del sistema, cuando en realidad está siendo sedada o engañada por él».
Educados para el progreso solo con ojos occidentales, no podremos pensar de otra forma. «El sistema hegemónico es tan pero tan fuerte que él mismo te da alternativas que realmente no lo son», agrega el investigador, quien por muchos años siguió al movimiento antisistémico documentando los efectos del desarrollo sostenible en Centroamérica, los Andes y el Sudeste Asiático.
Al cierre, Brenes Mata se sincera: «No sé qué va a venir; probablemente el siguiente sistema hegemónico sea imperial». Con un ‘statu quo’ sustentado en la violencia, nuevas hegemonías basadas en ella no tienen sentido. «Lo único que va a traer es un sistema violento detrás de otro», previene. «Es hora de cambiar ― concluye― , de dar un giro copernicano a nuestra forma de pensar».

FONDO VERDE una ONGD internacional miembro de IUCN International Union for Conservation of Nature.