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Con los ecos de la última cumbre mundial del clima aún resonando, seis expertos en medio ambiente y sostenibilidad apadrinados por Fondo Verde fueron convocados nuevamente a inicios de diciembre para abordar la cuestión de la educación ambiental frente a los desafíos del cambio climático.
El director regional de la UICN para América del Sur, Gabriel Quijandría, fue el encargado de abrir el nuevo Academy, un evento multidisciplinar de alto nivel en el que se discute públicamente sobre alguno de los asuntos más urgentes y relevantes que desafían ambientalmente a Latinoamérica.
«En el mundo actual es absolutamente indispensable hacer un esfuerzo de educación ambiental; los entendimientos globales que habían sido aceptados están siendo cuestionados de manera fuerte», manifestó Quijandría, describiendo un fenómeno que ya se hace sentir en toda la región.
Argentina, Ecuador, Bolivia, probablemente Chile, quizá el Perú... Es la lista que enumera Quijandría y que no para de crecer: «Los Gobiernos que llegan lo primero que hacen es desmantelar el ministerio del ambiente o fusionarlo con un ministerio productivo, convirtiéndolo en una oficina secundaria».
En un contexto donde el bienestar de las personas sigue estando en discusión, «la naturaleza probablemente encuentre alguna forma de superar los retos del cambio climático; el problema es que quienes estamos realmente en riesgo somos nosotros», lanzó Quijandría, máximo referente regional de la UICN desde 2021.
El momento de la disertación principal llegó a las 11:20 de Lima. Diana Durán, experta argentina en Educación Ambiental tomó la palabra: «¿Cómo narramos la pérdida de un territorio y lo transformamos en una acción positiva? —preguntó—. El cambio climático necesita ser descripto no solo desde la ciencia, sino también desde las emociones y la memoria».
Glaciares que retroceden, lluvias que no llegan, aguas que escasean, tierras que se salinizan y sequías devastadoras. El dramático cuadro se presenta en algunas regiones; en otras, sucede lo contrario: las aguas salen de sus madres y las inundaciones se intensifican.
Lo cierto es que el agravamiento de los fenómenos climáticos extremos ya es habitual y así fue descrito por Durán. Bajo estas circunstancias, la educación ambiental se vuelve una alternativa potente para abordar los conflictos.
«El cambio climático no es solo una curva en un gráfico —explicó Durán—, no es solo un fenómeno físico». Por el contrario, «es una experiencia que transforma el territorio y exige nuevas formas de habitarlo». O, como resumió, un fenómeno «simbólico, emocional y político».
«La educación para el cambio climático se concibe como un proceso formativo que busca que las personas comprendan el clima, reconozcan cómo lo afectan sus acciones y, a partir de ello, desarrollen propuestas concretas de mitigación y adaptación», prosiguió Durán.
Y, si bien destacó el uso de la tecnología, como los videojuegos, la cartografía digital o la inteligencia artificial, porque «permiten simular escenarios», la estrategia pedagógica «transformadora» sigue siendo el contacto directo con la naturaleza, a través de huertas, salidas rurales, itinerarios ambientales o senderos interpretativos.
La construcción de «saberes situados» es clave para Durán. «Somos historia, geografía, vínculos, y así nos construimos a través de aquellos lugares, palabras, sonidos, libros, personas, canciones con las que nos encontramos en nuestro camino», remarcó antes de hacer un llamado a «aprender de nuestra historia ambiental».
Por último, Durán ponderó la alianza entre el arte, la ciencia, las comunidades y la naturaleza para «sensibilizar, reflexionar y generar conciencia», y en definitiva, contribuir a «narrar el clima» desde los territorios, porque «no hay riesgo sin territorio, sin historia y sin personas que lo habiten».
«Sabemos que hay días en los que una brisa cálida nos recuerda que algo ya no encaja, que hace demasiado calor, que algo se ha desplazado, que algo nos impide la atención», expresó la española María Teresa Pérez, experta en Ciudades Sostenibles, y la primera en enriquecer la mirada muy bien ofrecida por Durán.
Para Pérez, antes que un fenómeno ambiental, el cambio climático es una experiencia humana. «Sabemos que el clima está cambiando en nuestras manos, en nuestros paisajes, en nuestro ánimo», continuó antes de aportar cinco ideas clave para el futuro inmediato.
1) El cambio ocurre en los territorios y en nosotros mismos; 2) la sed de justicia con la Tierra es una responsabilidad compartida; 3) la educación ambiental es enseñanza que ayuda a abrir los ojos; 4) la resiliencia es un acto común de cuidado, y 5) el arte ofrece nuevos lenguajes para sanar.
Antes de ceder la palabra, Pérez señaló que, aunque el clima cambie y los paisajes se transformen, «lo que realmente definirá nuestro futuro es cómo decidamos responder: con miedo o con sentido, con indiferencia o con cuidado, con egoísmo o con comunidad».
El turno recayó luego en el costarricense Erick Brenes Mata, experto en Desarrollo Organizacional para la Sostenibilidad: «Los arhuacos tienen más de quinientos años de estar diciendo que esto iba a suceder, porque ellos no ven la naturaleza como separada de nosotros y, mucho menos, como instrumental a un sistema económico», sostuvo.
«A nosotros, los occidentalizados por el sistema, nos enseñan a pensar desde el yo», remarcó Brenes Mata. Por caso —ejemplificó—, en los tojolabales la primera persona del singular no existe en la interpretación de la vida: «Ellos no tienen un yo, tienen solamente un nosotros. Entonces, todo es nuestro».
Asimismo, Brenes Mata cuestionó la forma occidentalizada de educación que imposibilita la toma de decisiones políticas «que vayan en contra de la lógica económica». Para finalizar, subrayó: «Hay conocimiento empírico que estamos dejando de lado; ignorarlo es un suicidio epistemológico, es un suicidio a nivel social».
Pablo Manzano, experto en Turismo Rural Sostenible, inició el tercer minidebate. El ecuatoriano identificó el turismo regenerativo como «una de las actividades más benevolentes» y destacó la simbiosis entre la actividad y la educación ambiental, lo que repercute en «la adopción de conductas proambientales» en áreas vulnerables.
Para el especialista, «el sentido de pertenencia al territorio con el cual la naturaleza ha sido benevolente» es fundamental y la educación ambiental es un camino para retribuirla. Sin embargo, advirtió «que los Gobiernos actuales necesitan identificar el tema ambiental con cohesión» y no como elementos «negociables» de la política.
«Necesitamos que la academia, en vinculación con las organizaciones sociales y las empresas orientadas a la conservación, puedan tener voz frente a estas situaciones y a estos modelos de gobernanza para que los Gobiernos tengan criterios orientativos de gestión mucho más amigables hacia el entorno», resaltó Manzano.
La cuarta oradora fue la mexicana Hilda Romero Zepeda, experta en Desarrollo Social Sostenible de Grupos Vulnerables. «La educación ambiental nos permite formar ciudadanos críticos y responsables», afirmó. Ahora bien, en un país de unos 130 millones de habitantes «la integración de la educación para el cambio climático sigue siendo insuficiente», apuntó.
«Necesitamos fomentar cambios de comportamiento —agregó Romero Zepeda—, el impulso de prácticas sostenibles en el consumo, en el transporte, con los residuos; en el desarrollo de competencias ecológicas, en la toma de decisiones, y, además, promover la participación social desde los proyectos escolares hasta en campañas ecológicas y políticas».
Sin embargo, enfatizó el hecho local de que «en educación ambiental faltan recursos, lineamientos pedagógicos sólidos y la evaluación del impacto», e hizo un llamado a «avanzar hacia una definición clara y consensuada sobre qué entendemos por educación ambiental, una nueva economía, una nueva cultura política, y una nueva alianza naturaleza-cultura».
Al venezolano Juan Silva Armas le tocó cerrar el evento. «Florecen mil flores en el jardín de la educación ambiental —lanzó el experto en Ciencias Ambientales—. Me atrevo a decir que quienes critican la carencia de modelos didácticos o de coherencia pedagógica conocen poco de las investigaciones de numerosos pedagogos sobre los métodos de la educación ambiental».
«Si pensamos que el fin de la educación ambiental es transformar la actitud de los ciudadanos hacia la naturaleza, las emociones juegan un papel importantísimo», resaltó Silva Armas. «No estamos pensando solo en las positivas —aclaró—, como las que generan los paisajes hermosos, sino también en las negativas; por ejemplo, la angustia que genera la realidad del cambio climático y sus efectos».
En el «arsenal» de la educación ambiental, Silva Armas destacó el rol de la «enseñanza en acción» y, fundamentalmente, del contacto con la naturaleza, «no solamente con la prístina de un parque nacional, sino también con la transformada y destruida por nosotros». ¿Y dónde aquella ya no exista? «Pues habrá que ir a los basureros para que se vea cómo estamos transformando la naturaleza», concluyó.
«El sistema educativo que nos enseñó a pensar en términos de dominación y explotación no puede ser el que nos libere de esas lógicas», previno Durán mientras urdía su síntesis: «La educación que necesitamos para enfrentar el cambio climático no es la que nos enseñó a dominar la Tierra, sino la que nos invita a recordar sus voces y a tejer con ellas nuevas formas de habitar el mundo».
El reloj marcaba las 13:21 y la sesión llegaba a su fin, habiendo ofrecido —en palabras de Durán— «un mapa complejo» en el que la educación ambiental busca tomar posición para «transformar la manera en que pensamos, sentimos y actuamos», intentando visibilizar lo que aún pareciera no verse: «la fragilidad de los ecosistemas, la memoria de los territorios y la belleza de la naturaleza».

FONDO VERDE una ONGD internacional miembro de IUCN International Union for Conservation of Nature.